miércoles, 9 de enero de 2013

Soy romanista


"El fútbol es un triste viaje del placer al deber... En él ya no hay libertad" (Eduardo Galeano, 'El fútbol a sol y sombra').

En los últimos meses he vivido un proceso de conversión. Aposté por el bigote, la ópera, la jazz y el ajedrez, protagonistas inesperados de mi nueva vida. También por el amor a una escuadra diferente y singular. Una Roma que no me produce sufrimiento en su derrota y mucho goce en la victoria. Le doy las gracias, porque esos sentimientos se extrapolan, equitativamente, a mi Barça. Pero eso ya es otro discurso... Probablemente el de ver las cosas con perspectiva, desde otro prisma, desde las extrañas letanías de la mente, desde el fulgor que supone darte cuenta que el fútbol no es más que un deporte para disfrutar. De lo contrario, dejaría de ser un deporte.
Soy de la Roma porque es interesante en la victoria, pero mucho más en la derrota. Porque ataca y luego defiende, porque juega Totti, porque su himno lo canta Antonello Venditti, pero sobre todo por el criterio de su gente y la naturaleza de sus gladiadores.
Sus 'tifosi' adulan a Zeman (cuyo mayor éxito es ascender al Pescara a Serie A, y odian a Capello, que les dirigió en su último 'scudetto'). Eso eso fútbol, pasión, criterio, valores, personalidad. Eso es algo tan impresionantemente bueno como para ser comprendido. Esa misma gente prefiere ser goleada a perder por la mínima, porque busca diversión en el campo, porque sabe que nunca ganará nada. Y, probablemente, el día que lo haga dejará de ser feliz, pues el balón se habrá convertido en un producto de la mercadotecnia.
Así son los 'giallorossi', ligados para siempre con Totti por cómo es y por lo que renunció a ser. Pero también con otro capitán eterno: Agostino Di Bartolomei, que se suicidó la mañana del 30 de mayo de 1994, justo cuando se cumplían diez años de la final de Copa de Europa que perdió la Roma, en el Olímpico, frente al Liverpool por penaltis. Él marcó el primero, pero los bailes de Grobbelaar dilapidaron los sueños italianos. Dicen que jamás superó ese trance, por eso apareció muerto junto a un epitafio que él mismo escribió antes de enfundar la pistola Smith & Wesson del calibre 38. "Me siento cerrado en un agujero".
Si a historias como ésta le añades que la afición lazial mitifica a personajes como Di Canio -un jugador mediocre que dejó sello sólo por su afilición a las hordas fascistas de Mussolini-, Stefano Mauri -actual capitán, que estuvo varios días en la cárcel por verse salpicado en las apuestas deportivas- o a la magnífica escuadra (mitad bandida; mitad suprema) del 74, la de los 'Balones y pistolas', la de Chinaglia y Re Cecconi, sólo se queda libre un camino. Porque todos los caminos conducen a (la) Roma.

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