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lunes, 12 de agosto de 2013

Amanece que no es poco





“Hagas lo que hagas, ámalo” (Giuseppe Tornatore)

Iba a comenzar explicando los motivos por los que no he escrito durante el último mes, pero atravieso tal estado de pereza para escribir que prefiero tirar hacia lo fácil (Roma) para desbloquear este pecado capital. Salvando las distancias, los hermanos Cohen hicieron algo parecido cuando sufrieron un bloqueo mental mientras rodaban 'Fargo'. Fue entonces cuando se pusieron manos a la obra con la exquisita e inquietante ‘Barton Fink’. Puedo decir que, siendo ambas buenas, esta vez el remedio sí superó a la enfermedad.
Aquí, en la eternidad, ya rebasé el año, momento idóneo para hacer balance de una población exagerada, presumida, narcisista, débil, acólita de su estado de ánimo. En Roma, y en Italia en general, es conveniente ser guapo. Y, si no lo eres, lo ideal es camuflarlo con vestimentas caras o con hipocresía. Preservar la estética, esa es la clave. El culto a lo bello como un ‘status quo’ inmortal.
Comprendido esto, sobra explicar que repudian, de cara a la galería, la espontaneidad, lo imprevisible, el duende de la gracia. Son puntillosos y militantes, sobre todo si se sienten feos, en la necesidad de participar en actos u organizaciones sociales (bien sea ONGs) para sentirse a gusto con ellos mismos. Sí, como si quisieran estar así en paz con dios. Como si fueran siervos del mensaje vaticanista (hasta la llegada del Papa Francesco, por supuesto): no importa pecar hasta la saciedad siempre y cuando lo camufles con actos buenos. No importa sentirlos; basta con que los demás lo vean.
Luego está la clase social más pudiente, que igual cree perder el tiempo en esos menesteres. Ellos son más de reuniones masónicas, de ultratumba, con gente de nivel. ¿El objetivo? Estar rodeado de los mejores, de los más importantes, de los amigos que todo el mundo -en Italia- quisiera tener.
Si perteneces a uno de estos dos grupos, serás un hijo más de esta población miserablemente bella y acomplejada. Si no, simplemente serás un pobre al que acogen, miran con recelo y temen. Porque la normalidad, entendida en todos sus términos, les aterra. Tienen curiosidad por ella, pero también miedo de abrirla en dos y analizarla parte por parte, cual forense. Demasiado enrevesado si todo se puede solucionar con un vestido de Prada.

jueves, 14 de febrero de 2013

Habemus papam

"El hombre es un lobo para el hombre" (Thomas Hobbes)

Hace año y medio fui con Isa a los cines Renoir de Plaza de España para ver la última película dirigida por el siempre inquietante, cínico y satírico Nanni Moretti. Ya teníamos en mente la aventura italiana, ahora consumada, por lo que elegimos esa cinta en V.O.S. para potenciar la lengua.
Esperábamos encontrarnos una visión apocalíptica de la iglesia desde el punto de vista de los presuntos casos de pederastia, corrupción y pedofilia. Lejos de la realidad, la historia se centra en un ataque de pánico que sufre el anónimo Papa justo en el momento de ser elegido. Una angustia, una ansiedad, una depresión inunda todo su cuerpo humanizándolo de manera considerable. El Papa no quería el trono de San Pedro. ¿Falta de fe? ¿Miedo a la responsabilidad? ¿Temor a las conspiraciones?
Pues bien, ahora esta historia tiene mucha vinculación, al menos desde mi punto de vista, con lo sucedido hace pocos días en Roma.
Como no pretendo ser sospechoso de nada, quiero comenzar diciendo que creo en dios, pero no en la iglesia. A esta conclusión he llegado preguntando, leyendo y contrastando. Probablemente esté equivocado, pero me traicionaría a mí mismo si no me posicionara. Porque hay más allá detrás de la deteriorada salud del Sumo Pontífice, que se retirará de la esfera pública antes de que ésta termine por devorarle. Su dimisión, para mí, acentúa un periodo gris de la iglesia episcopal, más débil que nunca. Y el problema no está en las inmoralidades -siempre existieron-, sino en la fragmentación interna que sufre, el detonante que vomita todas sus vísceras.
Seguro que Joseph Ratzinger ha intentado poner orden en el vodevil, pero quizá haya sido sin fuerza y demasiado tarde. Ortodoxo con asteriscos, comenzó criticando ya duramente los resultados del Concilio Vaticano II cuando ejerció de brazo teológico de Wojtyla, pero miró para otra parte ante la vida exagerada de Marcial Maciel, fundador de Los Legionarios de Cristo. Según El País, un pederasta que tuvo amante e hija secreta.
No sólo ahí pecó el actual Benedicto XVI. Según Claudio Rendina, escritor italiano, poeta e historiador especializado en la Iglesia, se puso un sueldo a pesar de que, acorde con el Derecho Canónico, tiene poderes y atribuciones como soberano de la Iglesia, y por la tanto no necesita dinero.
Tampoco alzó la voz cuando, tras morir Juan Pablo II, entró al cónclave siendo prácticamente Papa (sin haberse celebrado la votación), empujado por el Opus Dei y un núcleo duro de cardenales alemanes (guiado por el obispo Joseph Höffner). Una victoria asegurada como moneda de cambio por el apoyo de estos en la elección de su antecesor. Pactaron una herencia conservadora. 
Son algunas confesiones sacadas del libro '101 misteri e segreti del Vaticano'. Siempre citando a C. Rendina, decir que hubo más en el último medio siglo: escándalos financieros, absención de tasas, relaciones con la masonería o vínculos con la Banda della Magliana (organización criminal que operó en Roma durante los años 70, relacionada con la mafia).
Probablemente al todavía eje de la Curia le destrocen los remordientos de tanta suciedad y presuntos delitos cometidos en la casa de dios, pero un hombre solo, por más que gobierne el país más rico del mundo, no puede purificarlos. Hay demasiada oscuridad en los lugares más recónditos custodiados por las murallas del Vaticano. Allí, los movimientos ultracatólicos -Legionarios, el Opus Dei y Comunión y Liberación- han podido con el afán redentor del Papa.

domingo, 30 de diciembre de 2012

El Aleph romano


Dice Jorge Luis Borges que el Aleph es uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos; el lugar donde están todos los lugares de la tierra, vistos desde todos los ángulos. Me costó mucho comprender la naturaleza de ese mensaje, pero lo descifré hace pocos días, concretamente cuando visité por enésima vez el Circo Máximo de Roma. Es, sin lugar a dudas, mi lugar favorito de la ciudad. En él, paradojicamente, no hay nada. Todo lo tienes que imaginar en medio de esa superficie (más de 600 metros de longitud) que saca pecho con una afirmación conmovedora: aún crece hierba por donde pasaron los soldados romanos durante el Imperio.
Pues ahí, concretamente ahí, soy capaz de divisar todos los mundos posibles en esta humanidad o todas las humanidades adecuadas a este mundo. Diviso una piedra de hace dos siglos, intuyo los casi 150.000 espectadores que acogían sus graderío, ahora fantasma. Veo un hombre corriendo con su iPod, veo una pareja besarse, un preservativo, la colilla de un cigarro, veo de fondo el Palatino (residencia de emperadores), veo varios países (Vaticano, Italia y Malta, siempre escondida a su derecha en forma de plaza de los Caballeros de la Orden), veo la FAO, veo una persona comiendo un bocadillo de porchetta, también el cielo, los pájaros, los arqueólogos que ahondan en la historia para remover los cimientos y portarla al presente, los trajes con corbata, los retazos de coraza ficticia. Veo un camión de la basura, a Totti levantando todavía la Copa del Mundo, veo Roma, sus nubes y claros, su noche, su tramonta (atardecer), veo de fondo el Colisseo, el arco de Constantino, veo el futuro y el pretérito. Veo el Aleph, el rincón más espectacular del mundo jamás contado. Un espacio cuya forma y magnitud son las que tú quieres que sean.

lunes, 10 de diciembre de 2012

La Terminal


Roma es Termini, una estación incapaz de mirar al futuro porque está demasiado ligada al pasado. Cada día, miles de turistas y trabajadores la circundan. Unos, con la maleta llena de ilusión; otros, sin maleta, sin ilusión, sin voz, sin alma. Son conocidos como 'barboni' (indigentes), los príncipes de la calle, los amos de su pequeño castillo, la terminal. Ese es su cobijo. El techo donde dormir, aunque no tengan luego dinero para utilizar unos lujosos baños con coste adicional. ¿La solución? Hacerlo en cada esquina de la estación. No importa, porque están respaldados. Carecen de recursos, pero eso les otorga todo el poder para campar.
Termini también es Benetton, una de las empresas que más factura al año en Italia. Ahí estoy yo, en las entrañas, en el subsuelo de una ciudad bipolar e irónica. Un lugar con cerebro (Vaticano), cuerpo (Coliseo), belleza (Piazza Navona) y sensualidad (Fontana di Trevi). También con aparato locomotor: la gran estación. Termini es apta para todos los bolsillos, es válida para todos los que deseen conocerla. También para esos clanes chinos y paquistaníes que sólo enseñan apariencias vestidas de seda.
Todo vale: desde pagar seis euros por un café hasta ofrecer un servicio tercermundista y poco acondicionado a discapacitados. Quizá por esta razón, a Termini la odias o la quieres, pero nunca pasa desapercibida. Te llama, te pide y parece que no te ve, pero no para de vigilarte. Y es que en el fondo te necesita porque, sin ti, no es nada. Tú eres su sustento, su particular obra de arte. Probablemente ese sea el motivo de su ubicación en Roma. Y probablemente si desaparecieran los 'sintecho' y toda la red de gente con negocios oscuros a su alrededor los echarías de menos. Así de complicados somos los humanos.