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viernes, 18 de abril de 2014

Crónica de una muerte anunciada





"Lo peor que le puede pasar a un genio es ser comprendido", (Ennio Flaiano)

Pese a que últimamente me interesa mucho La India menos turística que describe Kipling y vengo fascinado con el Estambul oculto -ubicado al final del Cuerno de Oro- en una calurosa mañana de domingo, me sigo quedando con Roma. Pero no la retratada en postales, no la frecuentada por peregrinos o chinos; puro oropel; sino la de sus barrios. Garbatella, Rione Monti, Testaccio, Ostiense o el mío propio, Montesacro, comunista y de la Roma. Es en ellos donde se conoce la auténtica ciudad, que te envuelve en su encanto con los pequeños detalles: culinarios, antiguos y presuntuosos. Sus centros sociales donde se come y bebe barato, esa heladería casera con gustos auténticos (piña y castaña, chocolate y pistacho) o esa frutería donde la lechuga llega aún con la tierra del huerto, y donde siempre, compres lo que compres, te regalan profumi (aromas): perejil, albahaca y apio. Ahí te sientes grande; ahí te hacen partícipe de la vida. Te crees verdaderamente italiano, incluso te permites juzgar todo, como siempre hacen ellos. "Hubo una época en la que conquistamos el mundo", dicen continuamente para justificarse por la osadía.

Yo soy de los que piensan que la crisis ya ha terminado, pero como los estamentos de poder han estirado tanto la cuerda comprobando que resistimos ya nunca la van a soltar. La prensa general les avala… También aquí, donde un Berlusconi quedebería estar pudriéndose en la cárcel paga su pena con asuntos sociales. Por todo esto, y porque la vida, según muchos filósofos y budistas, no es más que un camino hacia la muerte, es mejor elegir tu lugar en el mundo para que todo sea más placentero y tonificante. Y con esto no quiero ser pesimista, sino todo lo contrario. Pretendo aconsejar que la terribilidad de las cosas puedes suavizarla aceptándola, y para eso no hay que mirar al pasado ni pensar en el futuro. El primero te mina la cabeza; el segundo hace lo propio con el corazón, aunque la naturaleza del paisaje suele ser importante y embriagadora. Al fin y al cabo, siempre seremos más torpes que los elefantes que, según Kapuściński, cuando saben que van a morir caminan hacia el río para morir ahogados en las profundidades. Allí eligen depositar sus preciados huesos. ¿Hay algún gesto más valiente que ese?

jueves, 4 de abril de 2013

A sus pies





La invencibilidad está en uno mismo, la vulnerabilidad en el adversario. (Sun Tzu, ‘El arte de la guerra’)


Si el Coliseo hablara, debería pedir una explicación por lo sucedido. Su mala conservación, paradójicamente, no se debe sólo a la erosión ocasionada por las inclemencias o el daño de los terremotos, sino a la miseria e ineptitud humana. Primero se expolió para restaurar San Pedro (la iglesia no perdona); el resto son secuelas de la II Guerra Mundial, precedente de una tercera que está por arribar.

Por si fuera poco, desde hace dos años estas piedras milenarias –símbolo del Impero Romano- son gestionadas por Diego della Valle, dueño de la empresa de zapatos Tod’s, además de socio en los almacenes y Saks y en RCS, el grupo editor del Corriere della Sera, Marca y El Mundo. Manos privadas para cargar con una necesaria restauración. El gobierno que lo hizo, por si había dudas, fue el de Berlusconi. Sí, el estado italiano vendiendo al mejor postor una parte memorable de su historia.

Se cumple, pues, la profecía con la que ironizó el cómico incorregible Totò en la película TotoTruffa 62, en la que vendía a un americano la Fontana de Trevi. ¿Mofa de la sociedad estadounidense compradora incompetente o de una Italia que vendería a su madre si la conociera? Este hecho señala la ignominia de una sociedad que debería respetar más a un emblema construido en la dinastía Flavia –en realidad es Anfiteatro Flavio-, que preserva los órdenes dóricos, jónicos y corintio (exclusivo en el mundo) y que se apodó ‘Colosseo’ por hallarse junto a una escultura de Nerón, conocido con el sobrenombre de ‘Colosso’.

Han pasado más de dos siglos desde su nacimiento, y el mundo no ha hecho más que subestimarlo. Cuando en realidad debería estar a sus pies, como esos gladiadores que besaban la arena ante las 50.000 personas que a menudo lo abarrotaban. Eran los tiempos en los que los hombres luchaban contra las bestias para divertir al César y engatusar al pueblo. Hoy los hombres son las bestias y se entretienen con bombas atómicas y especulación de capitales. Si Nerón levantara la cabeza prendería fuego a Roma nuevamente.

domingo, 10 de marzo de 2013

Emociones internas

  

"Un solo día bien vivido es preferible a una eternidad de errores" (Cicerón)

Mi última visita al 'Colosseo' fue para ver un concierto multiétnico que ponía el broche de oro a la exposición Roma Caput Mundi. Allí conocí a un español que completa su excedencia de dos años en un monasterio benedictino de la ciudad. Él, en realidad, es un monje de clausura que vive, desde hace casi tres lustros, encerrado entre muros cistercienses en una localidad de Palencia. Sin internet, prensa, radio, teléfono, vacaciones... Sin nada que no sea la oración, el estudio, el cultivo del huerto o el cuidado de vacas. Una vida ascética al servicio de una creencia. "Hace años recibí una llamada, una señal que no sé de dónde venía, pero me indicaba que esa vida la quería para mí". Fue su respuesta a mi pregunta, obvia, sobre ese camino.
Para comprenderle, sólo tuve que extrapolar esas señales a otras cosas, quizás más mundanas (o no), que han llamado a mi puerta. O bien, hacer caso a mi cubo de Rubik o mi puzzle para afrontar las ideas desde todos los ámbitos posibles y, sobre todo, teniendo en cuenta que los hilos que mueven el mundo están directamente relacionados.
Hace años que tengo sensaciones fisiológicas cuando me hablan de Roma. Una mezcla de cosquilleo, ilusión, nerviosismo e inquietud. En cada recorte de periódico (iluminado por la llama del cerebro), en cada comentario, en cada mención de la ciudad visto u oído. Desconozco los motivos, pero sí sé que me nublo hasta tal punto que me impide ser objetivo y todo lo crítico que quisiera. Veo la realidad cada día, pero la interpreto porque me siento contagiado. Así sólo obtengo información sesgada, mutilada. Eso me resta credibilidad y me convierte en sospechoso de mí mismo.
Indago en un país -de momento sin primer ministro- capaz de dar a luz a seres tan contrapuestos como Donatello o Berlusconi, en una ciudad que carece de Papa durante días, que vive inmersa en una 'omertá' (ley del silencio) que la maniata y manipula. Observo la devoción hacia el demagogo Grillo, un ventajista que reina en el caos abusando de las nuevas tecnologías y la incredulidad de la gente. Veo, indago y pregunto. Y mientras menos comprendo más me gusta todo.
Italia en general, y Roma en particular, son así, pero ellos están encantados de llamar la atención haciendo uso de lo que siempre han hecho y les mantiene con vida: la sinrazón. Porque, en el fondo, ¿quién no piensa que pensar demasiado es nocivo? ¿quién no cree que el 90% de los problemas son producto de nuestras incorrectas interpretaciones? ¿a quién no le gustaría alejarse de la realidad para poder verla más cercana?

miércoles, 20 de febrero de 2013

Ocaso en el Tíber


 
"Cuando se bromea, hay que ser serio" (Alberto Sordi)

Es recomendable ver La Dolce Vita para comprender perfectamente la naturaleza de este artículo.
Fellini, un avanzado a su tiempo, regaló a Roma esta maravillosa películula, un tributo que escondía un mensaje subversivo que ha terminado por estallar.
Más allá del sempiterno beso (los labios nunca se llegaron a rozar) entre Mastroiani -borracho y con el pijama debajo para tolerar el frío- y Anita Ekberg, el relato es una apología de la incomunicación. Las miserias de la jet-set, que durante años teñieron de glamour a Roma, llamada entonces la Hollywood del Tíber en referencia a los grandes estudios de Cinecittà. Por allí desfilaban todas las estrellas del séptimo arte, todas ellas con sus dos caras perfectamente diferenciadas: el ángel y el demonio. La felicidad eterna 'vivía' en la Vía Véneto, la calle más prestigiosa de la ciudad en aquella época. La traición, lujura, vicio, falsedad y demás dramas shakesperianos se ocultaban en fiestas clandestinas repletas de figuras que gritaban sin hacer riudo, según el ritual de Munch. En el fondo se trataba de una sociedad opaca en medio de unas ruinas milagrosas, y un país inmerso en el 'benessere' (años dorados del bienestar). Roma se autoveneraba a sabiendas que sería algo perecedero; se limitó a disfrutar, a vivir cómodamente sin ninguna visión de futuro.
La realidad es dura varios lustros después de esos años sesenta... Te acercas a Vía Véneto y ves los mismos restaurantes y hoteles lujosos con sillas y habitaciones vacías, alumbrados por velas lúgubres y sombrías. Ese es el paradigma de la crisis de Roma, cuya resignada sociedad está deseosa de vivir otro período similar. Si sucede, repetirá los mismos errores, muchos más si cabe. Hace tiempo que Italia dejó de inventar, porque los recuerdos de Verdi, Miguel Ángel , Dante o Visconti le dan para vivir todavía.
Ahora el ingenio, desgraciadamente, está en cuarentena. Por eso la 'bella città' prefiere seguir sintiéndose como una diva (en el ocaso) de Hollywood: bella, insegura, indescifrable y temerosa de la soledad. Como esa calle triste y desamparada esclava de su pasado, incapaz de adecuarse al presente y sin recursos para el mañana.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Mentiras y verdades


La traza desnivelada de Roma -motivada por la fundación de la ciudad en torno a sus colinas- es directamente proporcional a la personalidad de su gente: capaces de virar de la felicidad a la tristeza en poco tiempo. Por eso es difícil comprender la psicología de los romanos y del país en general. Porque viven entre los impredecible y lo incomprensible. Una ciudad que sólo se limita a sobrevivir carece de personalidad y, por lo tanto, de valores. Le salva, eso sí, su maravilloso decorado.
Roma es una obra de teatro tragicómica. Repleta de artistas-ciudadanos que actúan, que fluctúan permanentemente.
La gente que viene de paso paga por la función y normalmente termina por aplaudir. Pero luego estamos los que tenemos la suerte de colarnos entre bastidores, de bajar a las profundidades para alcanzar una atalaya que te permite juzgar con claridad. Ahí comprendes por qué Berlusconi se metió en política (para regatear la cárcel mediante argucias legales), por qué el terremoto de L'Aquila benefició a mucha gente (constructoras felices), por qué Cannavaro se pasó figiendo lesiones durante su año en el Inter (tenía apalabrado fichar por la Juventus), por qué se negó el funeral religioso a un hombre que quiso aprovecharse de la eutanasia sólo por el hecho de violar uno de los códigos de la iglesia. Sí, la iglesia, esa institución que acogió las sepulturas y da cobijo a los féretros de Franco o Pinochet, dictadores que acabaron con vidas de miles de personas.
Cuando conoces esto, entonces queda el nihilismo, la nada. La vida tiene menos sentido por más que esté camuflada por frescos de Miguel Ángel o esculturas de Bernini.
Todo es mentira. Bello, pero mentira. La farsa más conseguida del mundo. Cincelada perfectamente con la última ocurrencia del trasnochado Papa, que niega la existencia de la mula y el buey en la época de Jesús, pero pasa por alto los raros espíritus alados, el muerto resucitado o los reyes magos que vuelan en trineo.
¡Perdón por decir la verdad!