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miércoles, 30 de diciembre de 2015

Los pájaros


"Se puede perdonar al niño con miedo a la oscuridad, pero no al adulto temeroso de la luz", (Platón)

Se acaba uno de los años más interesantes vividos en Roma, esa ciudad extraña en la que uno siempre tiene la sensación de querer dejarla pero termina por no hacerlo ante la imposibilidad de soportar la pena de vivir sin ella. Es una sensación, según me consta, muy extendida entre los extranjeros residentes aquí.
Por si tenía dudas, 2015 me enseñó que para aceptarla tienes que conocerla en todas sus esferas, algo que no todo el mundo ha conseguido, por impaciencia, rabia, pesimismo o desconfianza. Me explico: si un individuo aquí se limita a levantarse, desayunar, ir al trabajo en un metro insufrible, tratar con italianos obsesionados con la eterna juventud (llenos de rabia acumulada), volver del trabajo, ver programas cuya función (para convertir al gobierno de turno en salvador) es hablar del fin de los días con la inmigración y el Isis... Si la vida es así, entiendo la depresión y el drama que desprende esta urbe, incapaz -si no escarbas- de ofrecer algo maravilloso, auténtico e imposible. Vivir tiene un precio. 
Hace más de un mes, cansado y estresado, fui a dar un paseo por las orillas del Tíber, custodiada por árboles preciosos (creo que son plataneros) que dibujaban la melancolía del otoño. De repente, me iba cruzando con gente resguardada en un paraguas, pese a que no había atisbos de lluvia, y hacía calor. Fue cuando mi cabeza notó la primera, porque luego vendrían más, defecación de un estornio. Fue el preludio de una marabunta de excrementos caídos del cielo, producto de las migraciones de estos misteriosos pájaros cuya mierda, siluetas y cantos son corales. Llegan a Roma en invierno, justo cuando se van las gaviotas, que durante el calor flotan por los monumentos buscando una dulce misericordia por el daño realizado. Que uno tenga que escapar de allí, divisando siempre de lejos la cúpula de San Pedro, y que además sea algo que se repite cada año desde casi una vida, convierte a la ciudad en única, estilosa y especial. Bella en sus defectos más profundos. Humana y divina a la vez.
Pero eso fue en otoño. Ya en invierno, tuve la suerte de liberarme a las seis de la tarde un día cualquiera para acudir a ver la estatua de Pasquino, una obra helenística; quizás Menelao; ubicada junto al Palazzo Braschi, en las traseras de Piazza Navona. Allí, en aquella zona, durante los siglos XV y XVI vivía la alta nobleza romana, tanto de la política como de la religión. Pero entre ellos existía la figura de un sastre, que se movía como pez en el agua entre dicha alcurnia. De nombre Pasquino, inventó las famosas pasquinate, escritos sátiros pegados en la estatua (símbolo del poder), que rápidamente tomó su nombre.
Hoy día poco importa que haya sido Menelao, porque el origen del topónimo es Pasquino, y además sigue estando empapelado de críticas irónicas del pueblo romano, escritas en dialecto, hacia los políticos (Renzi) y la iglesia. Pura espontaneidad de una gente que prefiere morir a dejar de ser ella misma.
Es una de las estatuas hablantes de la ciudad, metáfora de la sátira burlona que encierra, y la necesidad de manifestarla, de llevarla hasta la casa de las altas esferas sin pedir la vez. La escultura, inicialmente, no era más que la ostentación de la pujanza y el señorío; ahora es la mofa que llama a tu puerta. Cómica, infantil y resignada, como la ciudad, que sufre y habla.

lunes, 18 de mayo de 2015

Vivir



"Sólo existen dos días en los que no se puede hacer nada: ayer y mañana", (Dalai Lama)

Hace algunos días María Fernández, mi jefa directa en la revista Traveler, me dijo que escribiera algo sobre la nueva ola gastronómica romana -Street Food-, pero algo ligero, para el verano. Entonces organicé con unos amigos de varias nacionalidades (España, Bielorrusia e Italia) una cita en Ponte Milvio, cerca del Estadio Olímpico, para degustar las delicias del Trapizzino. Como esto ya lo mandé, e imagino que saldrá publicado proximamente, aquí sólo puedo contar la contracrónica de una noche no apta para romanómanos.
Tras la cena, sábado noche, en España habría llegado la hora de los cubatas, dicho mal y pronto. Mucho más en un lugar eminentemente chic. Pero claro, aquí estamos en Italia, en Roma particularmente. Y los romanos, con ese punto infantil y goloso que tienen (una alumna me dijo una vez que las depresiones se curan comiendo chocolate negro), querían comer su heladito de pistacho y avellanas. El cocktel, cubateo refinado en el Tíber, llegó, pero sentados, tranquilos y con media expedición ya porque la otra media se fue a dormir.
A las dos de la madrugada, Isa, un amigo (Javi) y yo comenzamos la larga travesía de vuelta a casa. Larga porque Roma está mal comunicada, especialmente de noche y mucho más un sábado. Eran las tres y habíamos cogido el primer bus, que nos dejó en Via del Corso. Allí nos abandonó Javi, que vive en Garbatella. Isa y yo esperamos media hora al segundo, que llegó excesivamente lleno (es la hora del regreso a casa para los romanos, que nunca alternan hasta por la mañana). Obviamente, no nos pudimos sentar; un par de asientos estaban ocupados por un tipo joven con síntomas claro de sbornia (borrachera). Mi sorpresa es que se despertó de su plácido sueño, me miró y me dijo que me apartara... Mi cara de incredulidad simplemente se limitó a custodiar su vómito desaforado y viscoso. Había alcohol, quizás absenta, pero también helado y croissants. El infantilismo, recuérdenlo.
La noche terminó, para mí, en un modo fantástico. El conductor, visiblemente enfadado, paró el vehículo, nos mandó a todos fuera y, cuando parecía que se disponía a limpiarlo, cerró las puertas y se marchó insultando al tendido: "Li mortacci tua" (Me cago en tus muertos, en versión romanaccio). Unas buenas noches para la población. Luego, ya por Via Veneto, tuvimos que esperar al siguiente, mientras el reloj se acercaba a las cinco de la mañana y la gente, entre la incredulidad y la militancia del sentido común, proseguía la ruta con nosotros. Y así transcurrió otro día más. Y amaneció el domingo, algo que no es poco en Roma. Creo que en ese día, soleado, fue cuando un policía me dijo que si yo me colaba en el metro (no tenía suelto para sacar un billete y la máquina no daba cambio), que lo hiciera con discreción, aunque de todas formas él miraría para otro lado. Creo también que comí, no muy lejos de donde fue asesinado Aldo Moro, filete de bacalao con alcachofas fritas en el barrio judío.

PD: Para que yo esto me lo tome en clave de humor he tenido que trabajar mucho con mi mente. Lo del bus, claro. 

PD1: Los romanos tienen pánico a morir, pero sobre todo a usar la palabra muerte, siempre camuflada con eufemismos. Sólo la utilizan para insultar. ¡Y sólo porque ahí no son ellos, sino su lado diabólico!

miércoles, 27 de agosto de 2014

Las hadas ignorantes



"La muerte llegará, al fin y al cabo la muerte tiene buena memoria y nunca se olvidó de nadie", (Jorge Bucay)

Ferzan Özpetek, director de cine y guionista turco-italiano, dice que Las hadas ignorantes son aquellas que tienen el poder de cambiar el mundo... Y, además, sin darse cuenta. A mí me gusta especialmente la naturaleza de esta frase, quizás porque me sedujo su película y comprendo la naturaleza del barrio donde se rodó (Ostiense), donde precisamente vive el cineasta desde hace varios años.
Ostiense es una calle que sale del metro Pirámide, junto al cementerio inglés acatólico. No está lejos de Garbatella ni de Testaccio y, como él, desprende arte callejero, urban. Terrorismo artístico de gente cuya represión tiene que expulsar de alguna manera. El corazón de la zona es el Gasómetro, mientras que los vasos sanguíneos pasan por debajo de puente de hierro (el único en Roma con este material), antiguo puerto de la ciudad, donde llegaban incluso embarcaciones de España transportando aceite en vasijas de barro y arcilla. Recipientes que se fueron destruyendo y almacenando en una de las orillas del Tíber para crear lo que hoy es el Monte Testaccio, visitable en la urbe. 
No quisiera alejarme del mensaje que me transmite un barrio, otrora mortecino y obrero, hoy iluminado por nuevas generaciones con ganas de cambiar el orden general de las cosas. Quizás mueran en el intento, porque Roma es impenetrable y no se puede modificar. Prueba de ello es que aún se camina por calzadas milenarias y se come en restaurantes (El Rugantino, en Trastevere) donde las vestimentas de los camareros emulan a las del típico personaje trasteverino de siglos pasados. Con harapos y remiendos. Por cierto, dicho restaurante se ubica entre las plazas Gioacchino Belli y Trilussa, los dos poetas romanos más importantes de todos los tiempos. Ellos elevaron el dialecto romanesco a la cima pese a los innumerables prejuicios que cosechaba (aún hoy) esta forma de hablar, tan criticada entonces, y ahora, por Florencia y el Vaticano. Ellos, sin querer, cambiaron el mundo -o al menos lo intentaron- por una idea. Escribieron y reivindicaron su obra el el periódico Il Rugantino, paradojas del destino. Vivieron, amaron y murieron. 
No sé si Özpetek se refiere a todo esto, pero algo me dice que él transmite la necesidad de intentarlo, porque puede que seamos también hadas ignorantes. O, como dice David Bowie, heroes just for one day. Pero también puedo estar equivocado, que todo esto sea una farsa, un mero discurso de autoayuda para gente desubicada. La vida es un sinfín de interpretaciones sujetas a muy pocas realidades.

martes, 5 de noviembre de 2013

La alcachofa como metáfora





"Todos nos volvemos locos alguna vez" (Psicosis)

Detectar los miedos es el primer paso para superarlos. Lo digo yo, que me aterró el amor en todos los sentidos de la palabra. Por suerte, aprendí a querer hace ya algún tiempo. Parece tan fácil, dirán algunos, que casi rozaría lo banal. En mi caso fue casi imposible, porque siempre fui mi propio enemigo. ¡Iluso!
Amor, para los que no lo sepan, es un palíndromo, porque leído al revés aparece la palabra Roma, ciudad coqueta, cruel, delicada, desordenada, mentirosa, bella, abierta y sensible, sobre todo muy sensible. De ella, adoro su restaurante de bacalao frito y anchoas con mantequilla, la niebla eterna que circunda por el Tíber, la soledad de sus monumentos de madrugada y la capacidad de sorpresa, de convertir tus días en auténticas obras de arte. Roma, al igual que Marcel Duchamp, crea ‘ready mades’, altera elementos de la vida cotidiana para sacarlos de su contexto y darles otro uso. En definitiva, muta lo simple en grandioso, y viceversa.
Tomo como ejemplo la alcachofa, ahora que es la temporada. Aquí, esta verdura es más importante que el caviar, por citar un ejemplo de alto caché en la gastronomía amateur. La explicación está en su receta ‘a la romana’: bien limpias, se rellenan con menta, pan rallado, romero, pimienta negra y perejil. Cinco minutos de sartén con aceite de oliva extra virgen, ajo y guindilla picante roja. A continuación, se añade medio litro de agua (opcional una cucharada de vino blanco) y se rehogan durante una hora a fuego lento.
Poniendo la atención en todos estos preparativos culinarios, ¿pensáis que la vida tendría sentido sin una alcachofa? Porque, con esta receta, poco importan ya que los servicios de Roma parezcan los del África Negra, y mucho menos que los romanos sean simpáticos y gilipollas (sólo aquí comprendí que pueden cohabitar ambos adjetivos en un mismo individuo). Las virtudes, miles, las ensalzo, pero los defectos -detectados la mayoría-, simplemente me hacen reír. Será el amor… Y lo despojado que me siento de prejuicios para venerar semejante meticulosidad. “Si no metes la menta, no vale nada de lo demás. No serían a la romana”, me dijeron. Acepté, por supuesto, porque en el fondo creo que el caviar (o el jamón) no es más que una concatenación de letras que emiten un sonido familiar y gustoso sotenido, además, por la historia y las costumbres. Pero también puedo estar equivocado.